Una puta demasiado fácil

¡Eres una estúpida!

Martina lloraba como una tonta. No podía dejar de hacerlo por mucho que se esforzaba. Quería morirse. Con el rimel corrido por el líquido salado de brotaba de sus ojitos azules intentaba en vano contener el torrente que pintaba en su maquillado rostro una especie de caricatura que era en verdad en lo que se había convertido. No había podido dejar de castigarse, auto flagelarse. Como una boba se había quedado allí, mirando, con el corazón desgarrado y temblando.

– ¡Le pedí…! – Musitaba contra el espejo – ¡Le supliqué que él no! ¡Y… zas! ¡En cuanto ha podido… directa a la bragueta…! ¡Delante de todo el mundo…!

Lo que iba a ser una noche gloriosa se había convertido en una auténtica pesadilla. Baile de fin de curso, un traje nuevo y muy caro, el chico de sus sueños a su lado, todo perfecto. Tanto que incluso se había planteado llegar hasta el final por primera vez en su corta vida durante aquella velada. Y de repente, su teórica mejor amiga entró en escena.

Apenas Nerea se acercó, la buena de Martina notó como a su compañero de baile se le cambiaba la cara. Pasó de ser un oyente pasivo a un animado conversador que no dejaba de mirar por el escote a la hija de puta que atendía por Nerea. Esta no dejaba de sonreír y mirar al muchacho mimosa. Incluso arqueaba ligeramente su cuerpo para darle al fervoroso espectador una perspectiva más amplia de sus virtudes. Poco a poco la pobre Martina notó como su presencia se iba haciendo cada vez menos precisa, incluso incómoda para la nueva pareja formada a su costa.

– ¿Y tu novio?

Exclamó Martina en un último intento de ahuyentar a la fiera de su carnaza. Sabía que su amiga no se lo perdonaría pero ella estaba enamorada hasta las cachas del muchacho en cuestión.

– ¿Quién?

– ¡Tu novio! ¡Jairo!

– ¡Ahh! Ese… – Nerea fulminó con la mirada a la pobre Martina – Ese ya ha tenido lo que quería…

Y comenzó a reírse como una tonta relamiéndose los labios y mostrando a sus interlocutores el húmedo apéndice que minutos antes había estado transitando por el prepucio de su cornudo novio. A Martina como era de esperar, le salió el tiro por la culata. Su amiga tenía las suficientes horas de vuelo como para salir airosa de una estratagema tan simple.

– ¿Me invitas a una copa? No veas el mal gusto que tengo en la boca.

Demoledor para cualquier macho. Conversar con una hembra que alardeaba de sus habilidades en idiomas, francés para más señas. Eso, acompañado del físico espectacular de la muchacha con aquellas piernas larguísimas, melena oscura ondulada, rostro felino y una delantera generosamente expuesta hacía que las vagas aspiraciones de Martina para con aquel chico se esfumasen tan rápidamente como el desgraciado desapareció en busca del etílico fluido que le solicitaba la abeja reina.

– ¡Por favor, Nerea! ¡Te lo suplico! – Casi lloriqueaba la regordeta – Esta vez no… Sabes que me gusta… sabes que le… le quiero…

Pero Nerea una vez puesto el cebo rara vez soltaba la presa. Se limitaba a hacer oídos sordos ante semejante cúmulo de estupideces. Como si nada se retocaba los labios con un lápiz fucsia. La perfección no puede mejorarse. Pronto tendría que volver a hacerlo, el lápiz de labios no aguantaba el ritmo de la muchacha. Le traía sin cuidado los sentimientos de su amiga. Tampoco el muchacho le importaba un pimiento. Una muesca más en la culata de su arma. Ni siquiera había reparado en él hasta saber que aquella gorda bebía los vientos por aquel gilipollas. Iba a follárselo tan sólo por capricho, para dejar bien claro quién mandaba allí. Un antojo más de una niña mimada de papá.

– A… aquí tienes.

En un periquete, el desgraciado había vuelto con dos copas de alcohol. Se suponía que no debía servirse en aquel tipo de fiestas pero la noche de fin de curso todo el mundo hacía la vista gorda. Cegado por las hormonas, ni tan siquiera tuvo la delicadeza de traer una bebida de compromiso para Martina. Estaba loco por probar las mieles de la hembra más codiciada del instituto.

– Gracias – Nerea se humedeció los labios – Muy cargado… como a mi me gusta. Creo que te mereces un premio…

– ¿Sí?

Si la pobre Martina albergaba alguna esperanza esta desapareció al tiempo que su amiga del alma se abalanzaba sobre el hombre de sus sueños. Oyó cómo se le partió el alma al tiempo que la espectacular hembra devoraba la boca que ella tanto quería. El muchacho, un tanto sorprendido, en seguida se adaptó a la nueva situación. Con la mano que tenía libre, acarició la espalda de la loba pero pronto recorrió el camino de descenso hacia otras partes más placenteras de la anatomía femenina. No hubo oposición ninguna.

Todo el mundo pudo verlo. Ni tan siquiera tuvo Nerea la delicadeza de esperar al reservado.

Martina quiso morirse. Impotente, siguió con la mirada a los tortolitos que, agarrados del talle, continuaban a lo suyo encaminándose a partes del local más discretas. Como los ratones del cuento, siguió a la pareja, no quería dar crédito a sus ojos. Lo que al principio no era más que un leve roce se había transformado en un incesante magreo. Tanto, que el minivestido cortísimo de Nerea se subía peligrosamente para mayor disfrute de los hombres que encontraban a su paso. De haber llevado ropa interior esta habría quedado expuesta durante alguno de aquellos apretones que el muchacho dedicaba al trasero de la chica. Ufana, solía comentar que le gustaba ir de caza con el chochito al viento, así los efluvios de la madre tierra penetraban directamente en su vientre, dándole energía.

Chorradas.

Lo que por ahí pasaban a la velocidad del rayo eran los penes de cuanto hombre se le antojase a la zorrita reina del baile. Y más todavía aquella noche. Con el punto subido gracias a las pastillas de colores, la fiesta de fin de curso era el lugar ideal para dar rienda suelta a sus instintos. Batiría su propio record. Sería toda una leyenda.

En eso debería estar pensando cuando agachó la cabeza a la caza de la cremallera del pantalón de su acompañante. Le daba igual que en el reservado retozasen otras parejas. Allí cada uno iba a lo suyo, y si no era así, peor para él.

El chico de los sueños de Martina tiró la cabeza para detrás, señal inequívoca que los labios mágicos de Nerea estaban haciendo de las suyas. Se comentaba en el instituto que hasta que la putita morena no te había comido el rabo no sabrías lo que es una buena mamada. Afortunado él, comprobaba agradecido aquella verdad como un templo.

A Martina ya se le había secado los ojos y el alma. Apoyada frente a la pareja, continuaba torturándose viendo el cortejo amatorio. Movimientos convulsos del macho, así como el firme amarre contra su miembro viril de la cabeza que tanto gusto le regalaba le hizo saber a la chica que su amiga había obtenido lo que buscaba. Fluido blancuzco en su garganta. Cándidamente, Martina pensó que su sufrimiento había terminado, quizás pudiese conformarse con las migajas y el chico volviese al redil. Tan enamorada estaba que le perdonaría tan desafortunado desliz. Pero inconsciente o no, lo cierto es que Nerea destrozó la poca esperanza que albergaba su amiga al reptar por el torso del muchacho, encaramarse a él e incrustarse el estoque por otro de sus divinos agujeros. Servicio completo, cien por cien natural.

Aquello fue demasiado incluso para la paciente Martina. Volvió a llorar como una magdalena. Corrió hacia el baño bajo las miradas burlonas de un montón de gente que había contemplado divertida como era humillada hasta el escarnio por su en teoría mejor amiga.

Y ahora estaba allí, en el baño de señoras, mirándose al espejo y aguantando las risitas descaradas de dos asquerosas que, medio borrachas, habían perdido el decoro y las formas, si es que alguna vez las habían tenido.

Martina lo había intentado todo y aún así no fue suficiente. Tenía poco que ofrecer para combatir con aquellas putitas de talla treinta y seis. A principio del siglo XIX ella hubiese sido sin duda la reina del baile pero en estos tiempos de ahora, con la dictadura de las casas de modas y modelos anoréxicas, sus armas eran de fogueo.

Lo cierto es que Martina no era fea. Sus formas eran redondeadas, eso sí, pero nada desproporcionado. Había heredado el físico de su abuela, que parió trece niños y seguía recogiendo el berberecho en la playa de un pueblecito gallego como si nada. Un poquito achaparrada, su estatura se veía menguada si se comparaba con el uno ochenta que su amiga Nerea alcanzaba sin necesidad siquiera de calzar tacones. Se mataba de hambre, hacía ejercicio por un tubo pero no lograba sacarse de encima aquellos malditos seis o siete kilos que según ella se alojaban de más en su cuerpo. Odiaba aquel cabello rebelde que en aquel momento caía desordenadamente por su cara. ¿De qué le servía tener los ojos azules si estos eran tan pequeños que nadie los miraba? Sorbiéndose los mocos y meneando la cabeza tomó una decisión que le cambiaría la vida.

– ¡Ya está bien de lloriquear! – recordó las palabras de su abuela.

Y respirando hondo miró de nuevo al espejo y se dijo en voz alta:

– Muy bien. Lo has intentado. No te ha servido de nada. Desde luego, la guapa tonta por la que todos babean no eres. Ni por lo uno ni por lo otro. Tampoco la chica simpática de la que de vez en cuando algún tío se enamora. Ya ves cómo te ha ido esta noche. Sólo te quedan dos opciones. Seguir siendo la amargada a la que todos toman el pelo o… – sus ojos se encontraron con su reflejo – ser la… fácil.

La fácil. La que a nadie gusta de tener como novia pero sí de amiga. La que se abre de piernas por un suspiro y consuela a todo bicho viviente que tan apenas se lo sugiere. La que no se niega a nada. Hace de todo y con todos tantas veces como sea necesario. Había varias de esas pululando por el instituto y no parecía irles del todo mal. A la golfa de Nerea no se podía englobar en aquel subgrupo. Ella era la que elegía a quién, cómo y cuándo tirarse.

La chica fácil no elige. La usan. Va de polla en polla como una abeja en primavera. Debe estar dispuesta las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Jamás de su boca saldría un no por respuesta y su cuerpo sería donado a la ciencia del disfrute de todo el que lo requiriese. Debería ser buena en la cama, pero más por experiencia que por aptitudes y tragarse su orgullo tan a menudo como el semen de sus amantes.

Pero la vida de una chica fácil no es de color de rosa. Más bien todo lo contrario. La chica fácil no puede tener sentimientos, debe asumir que tras la cópula o, como mucho el cigarrito subsiguiente el macho la abandonará sin el menor remordimiento. Una vez satisfecha su necesidad primaria el hombre volverá con su mujer, novia o pareja, sin importarle un pimiento lo que la chica fácil sintiese. Al fin y al cabo no era más que eso. La chica fácil.

Pero no solo eso, la chica fácil debe tener una capacidad ilimitada para aguantar. Aguantar a que su promiscuidad sea pública, aireada al viento sin ningún pudor. Aguantar la infinidad de comentarios y rumores que se generarían a partir de aquel momento. Aguantar que dichos rumores, ciertos o no, fuesen la comidilla de los corros durante el tiempo de recreo. Aguantar pellizcos, magreos, roces más o menos disimulados e incluso descaradas metidas de mano. Y todo ello sin perder la sonrisa, al fin y al cabo a partir de aquel instante no iba a ser más que la chica fácil.

Martina, armada de paciencia, aguantaría las puyas y, porqué no decirlo, algún que otro tortazo de novias despechadas, mujeres deshonradas y un sinfín de tipos de hembras que iban a despreciarle a partir de aquel momento. No importaba, aprendería a defenderse.

Estaba decidida. Será la chica fácil. Apretó los puños dándose fuerzas. Aquel era el momento del cambio. Si lo dejaba para el día siguiente quizás se arrepintiese.

Martina abandonó los lavabos con una determinación impropia en ella. Ni siquiera reparó en Nerea cuando atravesó la pista de baile. La diosa reía como una tonta las gracietas del marido de la profe de matemáticas. Fingía escucharle atentamente pero su mente divagaba en otros pensamientos. Cavilaba a cerca del tamaño del miembro viril del gilipollas aquel y el gusto que iba a sentir al montarlo. Una dulce venganza contra la profesora que tal malos ratos le había hecho pasar durante el curso.

Martina ya había fijado un primer objetivo. Aquel tío tenía fama de salido, además de asaltacunas y camello. También era un bocazas, pero aquello beneficiaba la nueva condición de la muchacha. El yonki se movía a sus anchas por el garito de moda, ventajas de ser el hijo único del dueño. Saludaba a todo el mundo como si les conociese de toda la vida y no dejaba de señalar con en dedo índice a diestro y siniestro.

– ¿Qué es lo más fuerte que tienes? – le asaltó Martina sin vacilar.

– ¡Pero bueno! ¿A quién tenemos aquí? – el tipo estaba realmente sorprendido – Parece que la monjita tiene su lado salvaje…

– ¡No seas brasas y dime!

– ¡Vale, vale…! ¡Sé un poco más discreta, joder!

– ¡Como si todo el mundo no supiera qué eres un pastillero!

– ¡Has herido mis sentimientos! – rió el otro – eso te costará caro.

– Si no tienes nada, me busco a otro…

– ¡Espera, espera! No seas cría… tengo esto – sin ninguna discreción le enseño un paquetito de papel de aluminio.

– ¿Qué es?, ¿Es bueno? – Martina maldijo su total ignorancia en el tema de drogas.

– ¿Bromeas? Son lo mejor de lo mejor. – dijo acompañándose de una estúpida mueca – Tómate un par de estas y estarás en el cielo toda la noche. Nadie podrá pararte… ya me entiendes.

Martina no comprendía tampoco quería quedar como una estúpida así que continuó negociando. A ella no le importaba la droga exactamente, más bien la forma de pago.

– ¿Cuánto?

El chico no cabía dentro de sí. Le dijo el precio a aquella tonta del rímel corrido, sorprendentemente bajo. Solía hacerse así. Detectaba a los primerizos a la legua y sabía cómo tratarles. Al principio la droga es genial y barata, hasta que los pringados se aficionan demasiado, se enganchan hasta las cachas y ya no pueden parar de tomar. Entonces es cuando el camello se cobra lo suyo con unos intereses que sobrepasaban la usura.

– Cuarenta… por las dos, claro.

Martina podía pagarlo. Había ahorrado como una hormiguita para aquella noche y la cigarra de Nerea se lo había tragado todo. Literalmente.

– No… no tengo tanto… – mintió descaradamente – Sólo… – pensó en decir una cantidad adecuada – sólo llevo diez…

– ¡Diez euros la noche de fin de curso! ¡Buag!

– ¡Te lo daré otro día…!

– ¡De eso nada! Aquí se paga o nada. Esto no es un banco…

– Por favor… haré lo que sea…

Las palabras mágicas, pensó él. Miró a la chica como si fuese un pedazo de carne. Descarado, examinó la delantera, los cuartos traseros y las piernas de la mujercita. No era nada del otro mundo comparado con el resto del ganado que pululaba por los alrededores pero la noche estaba resultando ser paradójicamente frustrante. Las ventas iban como la seda pero en aquella noche tan especial todo el mundo tenía pasta de sobra. Podían pagar las pastillitas con dinero y no en especie. Cosa distinta sería al final de la noche, cuando las fuerzas y los bolsillos flaquean, pero en aquel instante aquella gordita era lo único que llevarse a la boca… o al pene.

Dándole la última calada al porro, lo tiró al suelo, agarró a la chica de la mano y sin miramientos le dijo:

– ¡Ven!

Martina sintió como en volandas el muchacho le llevaba hacia una puerta en la que indicaba claramente el uso exclusivo por camareros. Entre cajas de bebidas él volvió a sacar el paquetito de marras.

– Primero los diez euros – a cualquier otra no le hubiese cobrado nada pero al fin y al cabo creía sinceramente que le estaba haciendo un favor a la chica al follársela

– Aquí tienes…

– Toma – le alcanzó las dos grajeas rosas acompañadas por un botellín de agua – recuerda… sólo agua. No quiero tener disgustos.

– ¡Si! – Martina siguió con su papel y probó por primera vez en su vida aquello que tanto repudiaba hasta entonces.

Intentó no pensar demasiado en ello. Lo importante estaba a punto de ocurrir después.

– Tardan unos minutos en hacer efecto…

El tío no se puede decir que tuviese la delicadeza como virtud. Tenía prisa, no podía descuidar el negocio. En un suspiro Martina se vio recostada boca abajo en una mesa colocada en tal lugar a propósito, con el vestido levantado y su anatomía íntima toqueteada sin pudor alguno.

– ¡Joder! Menudas bragas

– Son… son reductoras… – se odiaba a sí misma por haberle hecho caso a su madre al colocarse aquella ropa interior.

– ¡Y a mí que cojones me importa! Son una mierda… ¡Hay que comer menos, monjita!

La sonora palmada que aterrizó en sus carnes anunció a la chica la inminencia de la desfloración. Apenas notó como las bragas recorrían sus muslos hasta que su acompañante le instó a dejarlas libres.

– Las colecciono trofeo. Aunque estas son tan grandes que tendré que utilizarlas de tienda de campaña. – Le dijo entre risas. – De tu amiguita Nerea ni sé las que tengo… y eso que últimamente casi nunca lleva…

Martina apretó los dientes y se aferró a la mesa con furia. Ni siquiera en aquel instante íntimo e inolvidable en su vida iba a librarse de la larga sombra de su odiosa mejor amiga.

Nerea tenía la culpa de todo. Culpa de que estuviese en aquel mugriento almacén. Culpa de que la rodeasen cajas y basura. Culpa de que, con el culo al aire fuese vista por una procesión de camareros que pasaban junto a ella sin alterarse lo más mínimo de verla de aquella guisa. Culpa de que su amante fuese aquel desgraciado yonki, con los ojos inyectados en sangre en lugar del chico de sus sueños. Culpa de que se sintiera en aquel instante la chica más desgraciada de la faz de la tierra. Culpa de que como testigo de su primera vez estuviese aquel segurata calvo que se fumaba un cigarro apoyado en una máquina de hacer hielo en lugar de entregar su honra en la intimidad de la casa de la viuda, aquella señora que siempre de negro alquilaba sus camas a primerizos amantes sin preguntas innecesarias.

A Martina le sacó del letargo las torpes maniobras de su nuevo compañero de juegos. Notaba como el pene intentaba alcanzar su meta torpemente. Hasta cuatro intentos de estocada hicieron falta antes de que el torero acertase con su espada. Un par de centímetros de su arma apenas fueron los que, al menos de momento, penetraron en las carnes de la joven. Bastaron para arrancarle de nuevo las lágrimas.

– ¡Lo tienes más seco que una pasa! ¡Joder! – y violentamente empujó más adentro el pene.

– ¡Aahhhhgggg! – gritó ella para mitigar su dolor.

– ¡Muévete zorra! ¡Gánate lo tuyo!

Precisamente lo que menos le apetecía a Martina era facilitarle la tarea al macho. Sentía un dolor inmenso en su vientre, que le nubló la vista por momentos. Un escozor como si en lugar de tejido humano fuese una espada afilada la que le rasgase la entraña.

El ritmo se hizo frenético casi desde el principio. La sutileza brilló por su ausencia. El tío iba a lo que iba, a cobrarse la deuda lo más rápido posible. Cada instante que permanecía con aquella gorda era dinero perdido. Como buen usurero, buscó su beneficio sin importarle un pimiento el parecer de su morosa

En el preciso instante en el que Martina comenzaba a sentir algo diferente al dolor el animal aquel soltó varios bufidos al tiempo que el semen de sus pelotas arrasaba las entrañas de la chica. Varias sacudidas, tan violentas que movieron la mesa algunos centímetros anunciaron el fin de la cópula, certificando el pago de la deuda.

– ¡Aquí te quedas, monjita! – Dijo él en torno de burla. – ¡Y otro día trae pasta que tu coño no vale una mierda!

Y con todavía abrochándose los pantalones volvió a la fiesta. El negocio es el negocio.

Permaneció Martina inmóvil unos instantes, sintiendo como por sus piernas descendía un pequeño riachuelo que partía de su vulva. Sin duda una maloliente mezcolanza de esencia de macho y restos de su himen. Tenía la sensación que en aquella noche de pesadilla había perdido algo más que su virginidad. Ya no volvería a ser la misma, para bien o para mal. Recordó el propósito de todo aquello, convertirse en una chica fácil. Por un momento le fallaron las fuerzas pero poco a poco aquellas dichosas pastillas fueron haciéndole efecto. Sólo así podía explicarse las palabras que a continuación salieron de su boca:

– ¿Te… te apetece? – le dijo al guarda de seguridad al tiempo que meneaba la cabeza en dirección a su todavía disponible y recién estrenado coño.

El tío dudó un instante. De no llevar la cabeza rapada se le caería el pelo si le pillaban. Él no era el hijo del dueño. Por supuesto que se había follado a más de una de aquellas zorritas que bebían zumos y chismorreaban sin cesar pero la pobre Martina no era lo suficientemente agraciada como para jugarse el puesto.

– ¡No me van las focas! – contestó secamente al ofrecimiento de la muchacha.

Martina no se tomó mal la ofensa. Al contrario le entró la risa floja.

– Pues tú te lo pierdes – dijo al tiempo que intentaba arreglar la compostura de su vestido – ¡Seguro que te ponen mas… los “focos”!

Martina ni escuchó los insultos que el hombre le dedicó mientras se encaminaba a la puerta que daba acceso de nuevo a la discoteca. Respiró hondo antes de atravesarla. Sabía lo que iban a pensar de ella a partir de entonces. Lo mismo que de todas las chicas que salían por aquella cancela. El resto del personal hablaba a su costa, las tachaba de putas para arriba, de dejarse encular por un puñado de pastillas. Ella misma lo había hecho, hasta entonces había sido la más feroz detractora de todas las puercas que pagaban sus vicios en carne. Incluso había dedicado algún que otro nada delicado epíteto a su amiga Nerea que más de una vez había cruzado aquel oscuro umbral, con los ojos vidriosos, la nariz blanquecina y el vestido arrugado. Paradojas de la vida, parecía que Martina iba a recibir una buena dosis de su propia medicina.

Envalentonada por los estupefacientes entró decidida hacia su escarnio público. Pero nadie le hizo el menor caso, en el local había un tumulto enorme, ni siquiera por un instante pudo ser la reina de la fiesta, aunque fuese para mal.

– ¡Qué fuerte! – le pareció escuchar que decía una chavala – ¡Qué fuerte!

– ¡Oye… tú! – Martina la conocía tan sólo de vista – ¿Qué pasa?

– ¡Qué fuerte! ¿No te has enterado? – Meneaba la cabeza. – ¿De dónde coño sales? ¡Qué fuerte!

Aquella coletilla no cesaba de salir de su boca

– Pues… no. ¿Qué pasa?

– ¡Qué fuerte! ¡Se lo ha tirado ahí, en el reservado! ¡Nerea! ¡Qué fuerte…!

Martina suspiró, al parecer lo sucedido entre su pareja de baile y su amiga había sido un bombazo.

– Bueno… sí. Pero no pasa nada… no era mi novio… – replicó Martina con tono nada convincente.

– ¿Tu novio? ¡Qué narices dices! ¿Estás colgada? – La interlocutora miraba a Martina como un bicho raro – ¡Nerea se ha follado al marido de la de mates! ¡Qué fuerte! ¡Delante de todo el mundo!

– ¿Qué?

– Junto a la máquina de tabaco. Ni siquiera ha necesitado ir al reservado. Todo el mundo lo ha visto.

– ¿Y… y la profe?

– Estaba discutiendo con el director…

– ¿Y qué ha pasado cuando…?

– Le ha dado una hostia tremenda al hijoputa y se ha largado llorando.

– Y Nerea…

– Muerta de la risa iba por ahí buscando más guerra, como una reina.

Lo sucedido a partir de entonces se difuminaba en el recuerdo de Martina como un mal sueño. Las pastillas actuaron en su cuerpo con un efecto inesperado. Seguramente la medicación ingerida debido a su asma no había congeniado correctamente con las drogas. En lugar de un efecto euforizante y desinhibidor le produjo un malestar general y un mareo del que se despertó un siglo después tumbada en algún rincón del local. Nadie se apiadó de ella ni intentó ayudarla. La noche era lo suficientemente importante como para no perder el tiempo ayudando a una gorda borracha aunque esta fuese la mejor compañera y persona del mundo.

Dando tumbos y con el vestido nuevo medio destrozado, salió dando tumbos de la discoteca entre empujones y gritos. Le zumbaban los oídos. Recordaba unas risas, unos flases de cámara, algo duro en la boca y un líquido viscoso. Le quedaba un regusto amargo, unas manchas blanquecinas en el escote y un tremendo dolor de cabeza. Le faltaba el sujetador, el bolso y la honra.

Anduvo por la acera sin un rumbo determinado. De repente oyó una voz con acento extranjero que surgió de la nada:

– ¿Necesita que le lleve a algún sitio, señorita?

Martina todavía veía algo borroso y la migraña tampoco ayudaba a discernir lo que estaba pasando. Poco a poco fue centrando la visión en un coche blanco que a su lado permanecía detenido. El logotipo municipal y el número identificativo correspondiente le hizo saber la verdadera naturaleza de aquel vehículo. Era él ángel de la guarda de muchos noctámbulos. Un taxi.

Ya estaba a punto de abrir la portezuela cuando sintió un enorme empujón que la alejó de su corcel blanco.

– Este es para nosotros, Martina. ¿No te importa, verdad?

La imponente muchacha agarraba del talle a dos armarios roperos. Sin duda irían a celebrar el fin de la fiesta a algún motel de carretera.

Nerea. Maldita Nerea. Siempre Nerea. Ni siquiera se interesó por Martina ni le preguntó el porqué de su desastroso aspecto. Pedir disculpas por su comportamiento o interesarse por sentimientos ajenos era algo que no entraba dentro de sus planes. Se limitó a con una sonrisa a relegar como siempre a un segundo plano a su amiga y quitarle el taxi con la misma facilidad que al compañero de baile. Pensaba en ella y en nadie más.

– ¡Llévanos a…! – Dijo la reina del baile intentando abrir la puerta bloqueada.

– Disculpe, señorita pero la otra señorita estaba primero…

– ¿Cómo dices?

– Le repito que la otra señorita estaba primero. Ahorita vendrá otro compañero a recogerles a ustedes…

– ¿Pero qué narices estás diciendo, sudaca de mierda?

– No se enoje. Será cosa de unos minutos…

– ¡Me cago en la puta! ¡Será posible…!

Nerea estaba roja de ira. Un inmigrante no iba a estropearle los planes. Pero no era tan tonta como todos pensaban. Sabía que sus encantos no iban a poder ayudarle en aquel instante. Cambió de estrategia.

– ¡Pero si somos amigas! A Martina no le importa esperar, ¿Verdad, bonita?

En otro momento, en otro instante, unas horas antes Martina hubiese accedido sin parpadear. Incluso abriría ella misma la puerta del vehículo para que su amiga siguiese con su fiesta particular. Hubiese paciente un nuevo taxi o simplemente volvería a casa caminando. Sola, como siempre.

Pero ya no era ayer, sino mañana. Ya no era la tonta, sino la fácil. Y la fácil podría ser muchas cosas, pero no gilipollas.

– Pues sí. Sí me importa. ¡Jódete…, bonita!

Así, sin prisa pero sin pausa ocupó el lugar que le correspondía dentro de su carroza albina. Oyó un sinfín de improperios que salían de la boca de la mayor hija de puta del mundo. Un buen momento para comenzar a practicar la dureza de oído y la cara de póker. Iba a hacerle falta a partir de aquella noche.

Le temblaban las piernas y tenía ganas de llorar. Pero no de pena, sino de alegría. Conforme las luces de las calles desiertas pasaban a su lado notaba cómo iba alejándose más y más de su antigua vida. La llorona estúpida se había quedado dentro de la discoteca, junto con su bolso, sus bragas, su sostén y su virgo.

– ¿Dónde le llevo, señorita?

– No… no tengo dinero.

– No tenga cuidado por eso, señorita. Se ve que es usted buena persona. Ya me dará la plata cuando lleguemos a su casa…

– ¡No, no me lleve allí todavía!

– ¿Entonces… entonces hacia dónde manejo?

Tras meditar la respuesta, la pasajera respiró profundamente y contestó:

– Hacia donde usted… me pueda… follar.