Mi primera vez internacional ¿Qué puede ocurrir?

Llegué a San Cristóbal de las Casas hace un par de meses, nueva totalmente en la ciudad no conocía a nadie y el primer contacto humano que tuve fue con mis renteros y los compañeros de la enorme casa ubicada cerca del centro de la ciudad. Me fui de mi pequeño pueblo al norte del país para olvidar a un mal amor y curármelo me acueste con quien me acueste… ¿O cómo era?

En fin, como toda buena mujer actual me volví a descargar Tinder y una nueva app que es un poco más prometedora: Bumble. No recuerdo cuál de las dos fue pero como si hubiése sido tocada por la varita mágina de una hada madrina, decenas de extranjeros comenzaron a darme “match” y entre ellos un simpático australiano llamado Daniel, quien me mandó mensaje para invitarme a tomar algo y quedamos de vernos a eso de las seis de la tarde en el zócalo de la ciudad, justo donde está una imponente cruz de madera que es punto de referencia para cualquier turista, como yo. Llegué lo más puntual y recuerdo que no muy elegante pues apenas y pude colocarme un poco de delineador sobre mis ojos color marrón y algo de rubor para no parecer un muerto viviente, pues soy un poco más blanca que todas las otras mujeres de esta ciudad, a excecpción claro de las “gringas” y europeas que todos los días tienen rostro y nombre diferente en estas calles coloniales.

Busqué entre el tumulto de gente a Daniel, la verdad no me había fijado mucho en su foto de perfil de aquella red social para ligar así que saqué el teléfono para mandarle un WhatsApp, pero no fue necesario… Miré hacia el frente y sentado en uno de los peldaños que sostienen esa cruz inmensa estaba un hombre de cabello largo, amarrado en una coleta pequeña, rubio y parecía ser muy alto, quien al instante cruzó su mirada conmigo y me sonrió de una manera sublime, mostrando unos dientecitos perfectos y una barba a medio crecer que ya me imaginaba yo que picaría muy rico. Me acerqué saludando casualmente, él fumó un poco de su cigarrillo y luego yo prendí uno de los míos para empezar a caminar a su lado, como viejos amigos en confianza que aunque sólo se hayan visto una vez en su vida, se reconocen de alguna forma. Nos presentamos en el trayecto hasta que preguntó:

– ¿Qué te gustaría… tomar? – Su voz era suave, pero firme y varonil, se notaba que no sabía hablar muy bien que digamos el español

– ¿Ya has intentado el Pox? – Mencioné mirándolo a los ojos azules que adornaban su rostro con raíces griegas

– No, ¿qué es?

– Una bebida similar al mezcal, pero mucho más suave… creo que es de la localidad

– Oh, vaya… sí

Y a partir de ahí sólo me hablaba en inglés, ya con una fluidez más rápida me explicó que era maestro, originario de australia y que allá todos hablan inglés y él se dedica a enseñarlo a empresarios y personas de dinero. Pedí un Pox de tamarindo y él uno de jamaica, nos sentamos en la barra a tomarlo a chupitos mientras comíamos habas fritas y tras ese primer trago, vino uno segundo y uno tercero servidos en botellas de cerveza, él una bohemia y yo una indio dentro de un pequeño bar en el andador Guadalupano que hasta una pinta muy romántica tenía. Seguimos nuestro andar hacia mi departamento, según él que quería asegurarse de que yo hubiera llegado bien; porque hasta caballero salió el hombre, pagando las cuentas y llevándome casi del brazo.

Terminamos en mi cuarto, encerrados del frío en el calor de la habitación de paredes blancas y con mucha ropa por todos lados. Se sentó a la orilla de la cama y yo hacía un porrito en la mesita de en frente, me tomó por la cintura llevándome hacia él e introduciéndome la lengua en la garganta como hacía muchísimo tiempo un hombre no había hecho conmigo, metiéndome mano sobre el pantalón, anunciándome con pequeñas mordidas que necesitaba acompañarme un rato esa noche y yo jadeaba, gemía y suspiraba cada que palpaba por encima de sus jeans vaqueros aquel pedazos de carne tan grande, que no sabía que me gustaría tanto. Me quité la blusa con su ayuda y yo quería arrancarle ya los pantalones.

– Have a condom? – Preguntó ya encima de mí, con su sexo enorme queriendo irrumpir en mi vagina a embestidas

– Yes, there – Señalé a mi mesita de noche, se paró con el pene bien erecto dejando a la vista también aquellas nalgas trabajadas por el gimnasio que sólo ese hombre poseía, haciendo que me mojara como hacía algun ratito, no me pasaba. Apenas terminó de colocárselo y le salté encima como una leona, nos besamos, me mordía y yo chorreando bien bien ansiosa por que ya me penetrara mientras lo sentía masajear mis pequeños senos copa B de pezones cafés, como mis ojos.

– Need you inside me – Le dije firme y como un león me recostó en la cama y se me puso justo en frente mientras entraba primero la cabeza de su gran pene australiano a mi apretada vagina que nunca en su vida había sentido un trozo más enorme que ese hasta el momento.

Su cadera iba y venía, primero suave y luego rápido, cuando me hacía gritar y gemir como una actriz porno barata paraba para no venirse y yo tenía orgasmo tras orgasmo, chorreando como una fuente que no abre cualquiera. Al cansarnos un poquito, que me agarra con sus grandes manos y me pone en cuatro de un sólo giro, agarrándome bien fuerte por la cintura, pegándome más y más a él y de golpe clavó su mástil en lo más profundo de mi ser, que no podía hacer más que seguir bien mojada cada que me daba duro, al tiempo que no desocupaba mi espalda de sus besos.

Rompimos la cama cuando yo me le puse encima, montándolo como una modelucha con mis pechos al aire rebotando pero ni así nos detuvimos hasta que el cabrón logró venirse tan rico que aún con el latex de por medio pude sentir el chorro calientito juntándose al salir.

Nos pusimos a ver después una película de netflix muy fumada de un extraterrestre llamado PAUL y nada, se acabó la peli y él se regresó a su casa, luego a sudamérica porque mencionó que nunca más quería volver a su país, pero que buscaba un trabajo bien pagado como maestro.

Pero, jamás voy a olvidar a mi primer cojecito internacional de nombre Daniel y de nacionalidad australiana