El misterioso muchacho de la playa

Estás tumbado en la playa, ya no notas el calor abrasador sobre tu bronceada piel. El speedo blanco se ha secado por completo tras tu último chapuzón, así que no te importa que comience a atardecer. Abres los ojos y miras alrededor, apenas queda gente relajándose en la dorada arena, la mayor parte se ha ido ya y, entre quienes quedan, están detrás de los críos para irse a casa. Te incorporas y quedas sentado en la toalla. Vuelves a cerrar los ojos.

Notas la brisa acariciando tus rizos castaños. Hueles el aroma salado del mar. Te relajas como no lo has hecho en los últimos meses. Pareciera que tus músculos se aflojan, que la tensión desaparece. La brisa te eriza la piel, pero no es por el frío. Te parece buen momento para dar un último paseo hasta el final de la playa, sin niños correteando y sin gente jugando con las palas.

Te pones en marcha despacio, alejado de la arena húmeda. No te apetece mojarte de nuevo los pies, así te limpiarás mejor y no llenarás el piso de arena. Te acaricias las nalgas y los muslos, fuertes por el deporte que, por suerte, pudiste continuar practicando a pesar de la carga de trabajo. Notas cómo un grupo de chicas jóvenes cuchichean al verte pasar. Sueles causar ese efecto en la gente, tu pelo rizo, tu piel bronceada y tu buen físico ayudan a sacar una sonrisa solo con verte pasar. Lamentablemente para esas chicas, no van a conseguir nada más de ti que una imagen bonita. En cualquier caso, en ese momento te da igual, nunca has sido presumido y, de hecho, te avergüenzas un poco cuando te miran así, aunque ya estás más que acostumbrado y ya no te ruborizas como un chiquillo.

Giras tu cabeza hacia el mar, contemplando la isla situada en el centro de la bahía. Te preguntas quién vivirá en aquella casa, quién se podrá permitir tener que coger un barco cada vez que necesita ir al supermercado. En el fondo, sientes algo de envidia. No es tanto por el dinero, es por la tranquilidad. Por no tener que preocuparse de nada. Por levantarte para hacer lo que quieras sin que no haya nadie mirando por la ventana, paseando por la acera de enfrente o preguntándote sobre qué ha sido de tu expareja solo por cotillear. Apartas la mirada de la isla con un suspiro, qué se le va a hacer. La vida es así.

— ¡Cuidado!

Te giras hacia la voz, grave y asustada. Una pelota de fútbol se dirige hacia tu cara a toda velocidad. Gracias a la advertencia te da tiempo a reaccionar y la paras con tus manos. Por suerte, tampoco la habían lanzado con demasiada fuerza. El chico que supones que te advirtió va corriendo hacia ti. Lleva un bañador flojo con la pata más bien corta, se nota que no lleva nada debajo y que la naturaleza le ha dado un buen equipamiento. Tiene más o menos tu mismo estado físico, aunque está menos bronceado. Lleva el pelo más bien corto, teñido de plata. Finalmente te alcanza, sudado, pidiendo disculpas.

— De verdad, no pasa nada, tened más cuidado la próxima vez, que cualquier día le rompéis la crisma a un crío…

— Joba de verdad, perdón, perdón, ¡perdón! —dice insistentemente y avergonzado.

— Bueno, ya está, que te perdono, vuelve con tu colega, que se va a pensar que te estoy dando la murga y me la estás dando tú a mí.

— Pero no me digas eso, que me haces sentir todavía peor —pones los ojos en blanco cuando te dice eso— mi-mira, déjame invitarte a tomar algo.

— Enserio, no hace falta… Además, aún tengo que ir a casa a ducharme.

— No te preocupes tío, una caña en una de las terrazas del paseo. Mi amigo ya se marcha de todos modos, ¿va? Por favor, si no, ¡me sentiré mal todo el mes!

Te parece un poco pesado, pero siempre te ha costado decirle que no a una cara bonita que te pone ojos mimosos. Lo mismo que a ti no suelen negarte demasiadas cosas. Le indicas que vas a recoger tus cosas señalando la zona donde está tu toalla y tu mochila. De camino a la toalla observas el rojizo atardecer, no queda demasiado para que el Sol se oculte del todo. A veces te da la sensación de que estás echando tu vida a perder, solo y en un trabajo que odias, pero que necesitas. No lo odias por el dinero, sino por todo a lo que has tenido que renunciar para poder estar ahí. Tu pareja, algunas amistades, el tiempo libre. Aunque suene mal decirlo, la pandemia ha sido una bendición. Gracias al teletrabajo has sido capaz de redistribuir tu horario como te ha dado la gana (casi), así que por primera vez en mucho tiempo tienes algo de tiempo libre de nuevo. Por primera vez en mucho tiempo te has atrevido a reclamar unas vacaciones que durante años te pidieron que no cogieras porque eras imprescindible. Con el tiempo has aprendido que nadie es imprescindible. Pagándote las vacaciones se han ahorrado tener que contratar a otra persona, y tu trabajo no lo hace cualquiera. Abandonas esos pensamientos en cuanto llegas a la toalla, suspiras y decides dejar de pensar en el trabajo. “Estás de vacaciones” te dices, “relájate, algún día todo irá mejor”.

El chaval, que se llama Tomás, te está esperando en las escaleras de piedra. Sonríe y te pregunta si te apetece tomar algo en la terraza de la Perla, a pie de playa. Allí os dirigís. Empezáis a hablar de vuestras cosas. Tomás está estudiando ingeniería en la universidad, le está llevando un poco más de lo normal porque trabaja desde los 19. Tú le respondes que no debe preocuparse por eso, que tiene mucho mérito estudiar y trabajar simultáneamente. Te sorprendes cuando te dice que tiene 25 años, apenas le llevas cinco. Tiene una apariencia mucho más juvenil. De hecho, pensabas que tenía 18 o 19 años hasta que te dijo que estaba terminando la carrera. Vive con sus padres, aunque con lo que lleva ahorrado en estos años tiene para la entrada de un piso o para vivir solo una temporada. Dice que, simplemente, no le apetece hasta tener un trabajo más o menos estable.

Le cuentas un poco sobre tu vida y tu trabajo sin entrar en los detalles que te han hecho odiarlo desde el primer día. Casi te sientes tentado a hacerlo, pero tu sentido común te dice que lo acabas de conocer y prefieres ser prudente. Le cuentas que hace un par de años que te has comprado un piso no muy lejos. Lo cierto es que tu situación familiar te ayudó a tomar la decisión, más por tranquilidad que por el dinero que te han dado –ninguno–, pero todo influye. Una caña se convirtió en dos y dos se convirtieron en tres. No tardaste en dejar clara tu identidad sexual: con el alcohol siempre terminan surgiendo conversaciones sobre tías y sexo y lo primero no te interesa en absoluto. Él no se pronunció sobre el tema, aunque tampoco le dio importancia. Tampoco notaste ningún cambio en su conducta hasta la tercera caña, cuando comenzó a rozar sus pies en tus pantorrillas.

Siempre te gustaron esos jueguecillos inocentes. Tomás te pregunta si quieres que pare y tú le dices que no. Se sonroja y agacha la cara a la vez que sonríe. Ese gesto te parece el más dulce que has visto en un chico en mucho tiempo. La conversación sigue con las caricias de Tomás en tus piernas. Resulta que tenéis muchos gustos en común y un carácter muy compatible. Aprovechas para acariciarle el antebrazo cuando surge la ocasión. Tomás se deja hacer, volviendo a sonrojarse. Mientras tonteáis te comenta, a modo de confesión, que le gustan tanto los chicos como las chicas, aunque siempre le ha costado mucho ligar. No terminas de creer lo que comenta. Un chico con ese descaro y esa carita de ángel no puede tener esos problemas para ligar, aunque más adelante descubrirás que es cierto.

No puedes con más cañas, pero tampoco quieres deshacerte de Tomás. Te ha caído bien, te gusta y le gustas. El chico es tímido y no tienes claro que se atreva a escribirte otro día. Tampoco tienes claro que a ti te vaya a apetecer llamarle una vez vuelvas al trabajo. Sueles estar muy agobiado entre semana y él puede tomárselo como un “eres majo, pero no quiero saber más de ti”. Finalmente, te decides a invitarlo a tu piso con un poco de disimulo.

— Bueno, Tomás, va siendo hora de retirarse… ¿vives cerca?

— Sí, tienes razón. Pues vivo como a 30 minutos de aquí… —dice, mirando hacia la dirección donde se encuentra su casa.

— Vaya, ¿30 minutos en coche?

— No, hombre, a pie. Pero no traje el coche.

— Bueno, ¿por qué no te vienes a mi casa y te duchas allí? Luego te puedo acercar a casa o, si quieres, podemos picar algo allí…

— Uhmm —parece dudar, aunque sus ojos te dicen que la propuesta le ha hecho ilusión—.

— Bueno, solo es una idea. Te lo digo porque vivo a un par de minutos por esa calle, y porque quiero agradecerte las cañas de más…

— Venga, va, pero solo porque me traje un bañador limpio en la bolsa.

— No te preocupes por la ropa, que tengo de sobra.

Seguidamente, Tomás se levanta para ir a mear y a pagar la cuenta. Cuando regresa, te levantas y lo guías hacia tu casa. Realmente no exageras: vives a dos minutos de esa terraza, en un buen piso cerca de la playa. Tomás daba por hecho que estabas tomándole el pelo, de hecho, se sorprende bastante por la zona en la que has podido comprar a tu edad, pero le explicas que nunca te ha faltado trabajo y que tus padres tienen la vida resulta –sin ser ricos– desde hace años, así que tu hermano y tú tenéis cierto respaldo a la hora de comprar algo costoso.

Entráis en el piso y le enseñas un poco cómo lo tienes todo, le dices dónde está el baño y le invitas a que se duche tras preguntarle si quería picar algo. Lo dejas a su aire mientras te vas a la cocina, tienes toda la intención de que se quede a cenar y, tal vez, a dormir. Cuando te apetece tener sexo sueles coger el móvil y buscar a cualquiera o chatear con algún ligue anterior, pero normalmente no te apetece que se queden demasiado en tu casa. De hecho, si viven solos prefieres pasar tú mismo el trabajo de ir a sus casas. Sin embargo, con este chico te apetece otra cosa. Te apetece ilusionarte, aunque solo sea un rato.

Has vuelto a ensimismarte en tus pensamientos. De pronto recuerdas que le habías prometido una muda y vas a buscársela. Coges unas bermudas limpias, una camiseta, y también le pillas unos calcetines y unos calzoncillos limpios, aunque no tienes claro si en estas situaciones es normal ofrecer también ropa interior. Igualmente decides llevarle los gayumbos y que él decida si los usa o no.

Llamas a la puerta del baño, que no está cerrada del todo, pero no escuchas respuesta. Decides asomarte y te encuentras a Tomás asomándose para responderte.

— Hey, me pareció escuchar algo, pero con el grifo abierto no estaba seguro.

— Te traigo la muda, lo prometido es deuda, te la dejo aquí —mientras te acercas al retrete para dejar la ropa apoyada sobre él te fijas en el paquete que Tomás intenta disimular torpemente, la mampara de la ducha es totalmente transparente. Lleva el pubis recortado y parece que calza bien. Dejas la ropa y te giras.

— Gracias, tío, no hacía falta —te giras para sonreírle como respuesta y te fijas en que se ha vuelto a poner colorado, se muerde el labio y tiembla un poco, como si quisiera pedirte algo y no se atreviera.

— Oye… me estaba preguntando si me dejarías ducharme contigo, y así luego podemos preparar una cena juntos… ¿quieres?

— Va-vale.

Tomás te hace sitio y vuelve a abrir el grifo, evitando mirar cómo te desnudas. Él no ha dejado de cubrirse el paquete con una mano. Te parece muy tierno que acceda a ducharse contigo y siga mostrándose vergonzoso. Y mira que fue descarado al invitarte a las cañas. Seguramente no esperaba que fueras gay y realmente te invitó porque se sentía mal por el balonazo. Haces gala de tu mayor experiencia y lo sujetas por la cadera, te acercas a su oído y le susurras que se relaje, que se deje llevar. Le preguntas si está cómodo y asiente con la cabeza, llevas tus manos a las suyas, dejando libre su pene. Tiene las manos suaves, el fino vello que se las cubre le da un tacto sedoso. Te fijas en que lleva las uñas cuidadas y, de nuevo, que sea tan delicado te despierta ternura. Le das un beso en el cuello y vuelvas a sujetarle por la cadera, dándole la vuelta.

Os quedáis mirándoos a los ojos, los tenéis más o menos del mismo color, castaño claro, casi miel. Pones una mano sobre su mejilla y finalmente él se atreve a posar sus manos sobre tu cadera. Acaricias su incipiente barba, de un tono más clara que la tuya. Acercas tu cara a la suya hasta que tu nariz acaricia su mejilla. Colocas tu mano tras su cabeza, sujetándole el pelo con cuidado, haciéndole un suave masaje. Dejas salir un poco de aire con disimulo sobre su cuello. Se le eriza la piel. Vuestros penes ya están erectos, rozándose contra vuestro abdomen. Ya está bien de provocaciones. Te lanzas a besar a Tomás. Primero, con delicadeza, esperas a que sea él quien empiece a jugar con la lengua. Será vergonzoso, pero sabe besar. Con los labios humedecidos y la lengua tanteando tu boca con cuidado. Decides ponerte pícaro y le muerdes el labio mientras deslizas una mano hacia su nalga, se la agarras con fuerza. Tomás responde añadiendo pasión al beso y sujetando tu pene erecto con su mano, comenzando una suave paja.

Te apartas y comienzas a enjabonar su cuerpo. Te apetece terminar lo que sea que está sucediendo fuera de la ducha, no sin antes aprovechar la situación para manosear a tu invitado. Empiezas por las piernas, con un vello fino no muy oscuro que se acentúa a medida que te acercas a la ingle. Repasas sus nalgas, su pubis, tocas sus testículos y comienzas una suave felación para ver su reacción. Parece gustarle, lleva sus manos hacia tu cabeza, sin presionar. Saboreas un poco más su tronco, su glande y su salado presemen. Pero el placer le dura poco, continúas lavando a tu invitado subiendo por el abdomen, con un único hilillo de pelos que trepa desde el pubis hasta el ombligo. Terminas acariciando su pecho, fuerte, aunque no muy grande y casi libre de vello. Le haces una ligera cosquilla en el costado, tratando de endurecer todavía más sus pezones. Cuando lo consigues, besas uno y muerdes otro.

Tu invitado no se queja. Te agradece toda esa atención limpiándote del mismo modo que tú lo has hecho, aunque te susurra que la parte de la mamada la continuará después, para agradecerte por la ducha en mejores condiciones. Salís de la cabina y os secáis mutuamente. No quieres tardar en cobrar ese vale por una mamada, así que te sientas en el retrete, tiras las toallas al suelo y le indicas a Tomás que puede proceder a pagar por los servicios prestados. El chico con apariencia de adolescente se arrodilla, ruborizado una vez más, y comienza a comer cuidadosamente tu pene. Aunque tenga mucha vergüenza parece tener alguna experiencia. No te lastima ni te toca con los dientes, al menos no sin querer… pasa su lengua por tus testículos antes de comenzar a introducírselos en la boca. Te encanta y se lo haces saber, ha descubierto uno de tus puntos más erógenos. Les dedica un buen rato. Lame primero uno, luego el otro, cuando nota que el escroto se recoge comienza a succionar cuidadosamente. En la última pasada, decide tensar un poco más hasta arrancarte un quejido. Te gusta su lado travieso e inevitablemente te agachas para darle un beso de premio. Seguidamente introduce todo lo que puede de tu falo en su boca. Uhm, no se le da nada mal, pero ahí debe estar incómodo. Decides continuar en tu habitación. Se lo haces saber susurrándole al oído algo sobre “cama” y dándole un pico.

Lo llevas de la mano hasta tu cama. Decides ser el pasivo en esta ocasión, te parece de mala educación forzar al invitado a hacer todo el trabajo. Lo tumbas en tu cama y le devuelves la mamada, su pene te sabe salado a pesar de que apenas salen gotas de presemen de él. A ti te cuesta menos introducirlo todo en tu boca, aunque no se debe a que tenga un tamaño menor. Debe tener un glande muy sensible, cada vez que succionas se retuerce y notas cómo se le eriza la piel. Debe estar más excitado que antes, en la ducha no parecía tan delicado. Te gusta más así, vergonzoso, delicado y fácil de torturar. Complaciente, te incorporas y te pones encima. Le haces saber tus intenciones colocando su pene entre tus nalgas mientras te aproximas a su rostro para robarle un beso.

Tomás parece estar entregado a tu placer y al suyo propio, sus ojos ya no muestran vergüenza, sino lujuria. Decide tomar las riendas y te dice que quiere que lo cabalgues. No lo retrasas un segundo más e introduces su pene lentamente en tu cuerpo. Tomás nota tu calor y tú notas el suyo. La punta de su glande está realmente candente y te hace notar que su pene está dentro haciendo fuerza con él. Parece que, en el fondo, a Tomás también le gusta jugar. Le pides que te masturbe mientras lo cabalgas. Tu intención es terminar ambos al mismo tiempo.

Comienzas despacio, a pesar de que no te ha costado introducirla necesitas acostumbrarte a la sensación. Tomás no la tiene precisamente pequeña. Subes y bajas la cadera con movimientos lentos y circulares. Te inclinas para acariciar el pecho de Tomás, quien se incorpora ligeramente para alcanzar tu boca y besarte con ternura. No conoce tu aguante y parece respetar tu ritmo. Por tu parte, ya te has acostumbrado a las sensaciones, así que comienzas a aumentar el compás. Tomás decide masturbarte al ritmo de la cabalgada, tu pene comienza a hincharse. Con el falo de Tomás acariciando tu próstata no te falta demasiado.

Estás comenzando a sudar por el esfuerzo y el calor, al igual que tu invitado. Decides tumbarte sobre él antes de hacer el último esfuerzo. La tiene suficientemente grande como para que no se salga de tu ano en esa postura. Como no puedes mantener el ritmo tumbado en esa posición, Tomás comienza a mover su cadera para compensar. No se le da nada mal dirigir el sexo. En esta postura alcanza de lleno tu punto G, no tardas en alcanzar ese momento en el que no sabes si estás a punto de orinar o de eyacular. Tomás te hace saber que en cualquier momento suelta toda la carga. Te está taladrando como un bestia, la excitación y la adrenalina le han arrancado la delicadeza y la vergüenza. Te incorporas ligeramente y vuelve a masturbarte a toda velocidad, terminas eyaculando sobre su torso, aunque algunas gotas alcanzan su boca.

Tomás se relame, lo que te excita todavía más si cabe. Tus espasmos continúan y sabes que estás estrujando el pene de Tomás dentro de tu ano. El chaval comienza a retorcerse de placer mientras eyacula en tu interior. Intentó retirarse en el último momento, pero no se lo permitiste, retomando tu cabalgada. Necesitáis ducharos otra vez antes de ir a preparar la cena, pero antes te apetece quedarte un rato tumbado a su lado, abrazándole, agradecido en secreto porque te ha conseguido que te vuelvas a ilusionar. Tomás te corresponde, de vez en cuando te lanza un beso en la mejilla, al que correspondes estrujándolo un poco más fuerte de cada vez. Tomás se ríe, que risa tan bonita. Te da la impresión de que querrá pasar la noche contigo… tú tampoco quieres dejarlo marchar.

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Estimados lectores y queridos colegas, en esta ocasión traigo una historia independiente. Puede que vuelva a escribir sobre ti y Tomás, pero de hacerlo no será inminente. También me gusta escribir relatos cortos que no tengan nada que ver con las demás sagas (por eso la de Daniel es mi favorita, porque puedo ir y venir en el tiempo si me apetece cambiar de aires…). Habréis notado que esta historia está escrita de forma poco habitual. Dejadme en los comentarios qué os ha parecido el relato y qué os parece que un texto se dirija a vosotros de este modo 😉

Un gran abrazo.